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Un lugar llamado Fernando García Curten

El hombre

“Ya que no podemos extraer belleza de la vida, busquemos al menos extraer belleza del no poder sacar belleza de la vida. Hagamos de nuestro fracaso una victoria, algo positivo y erguido, con columnas, majestad y aquiescencia espiritual”. Las palabras pertenecen a Fernando Pessoa y expresan, como pocas, el gran arte, el gran logro estético y conceptual de quien para muchos es uno de los grandes escultores vivos del mundo y, sin duda, el mayor olvidado de las artes plásticas americanas, alguien capaz de hacer coincidir en el acto compartido de admirar su obra a personalidades tan contraopuestas del ambiente cultural argentino como Ernesto Sábato, Osvaldo Bayer, Luis Felipe Noé, Antonio Pujía y Leo Vinci, entre tantos otros. Sábato lo llamó “genial artista”, Noé “artista formidable”, Bayer, conmovido, agradeció “la sabiduría de su obra”, Pujía lo ubica “en la primera línea de la escultura contemporánea” y Vinci sentenció: “Para encontrar lo esencial, debemos salir de Buenos Aires e ir hasta San Pedro”.
Allí, a orillas del río Paraná, en el cruce de Mitre y Pavón, vive, trabaja, se examina y estudia Fernando García Curten, un dibujante, pintor y escultor cuya historia, iniciada en 1939 en la misma casa que aún hoy habita, tal vez comience de forma determinante a sus 26 años, en Los Angeles, al conocer y palpar de cerca la inminencia del terror nuclear y sus posibles consecuencias: por aquellos años, entre 1965 y 1967, en los más sordos tiempos de la Guerra Fría, García Curten limpiaba refugios antiatómicos por las noches junto a su infatigable esposa, la notable poeta y maestra de danza Susana Tosso, con el temor cabalmente fundado de ser enviado al frente vietnamita: su condición de residente extranjero le exigía inscribirse en el ARMY y, llegado el caso, aceptar ser enviado a combate. Mientras tanto, casi sin poder evitarlo, se buscaba en sus primeros cuadros, en las obras de Roberto Arlt, Ernesto Sabato, Abelardo Castillo, definía un rumbo, una ética y, sólo entonces, a partir de ésta, una estética. Comenzaba a definir, tal vez sin saberlo (es decir: con incertidumbre y desesperación), una visión de mundo a contramano del mundo a la que no estaba dispuesto a renunciar. ¿Cómo encontrar, sin embargo, en ese contexto una forma que expresara brutalmente la verdad y que a la vez diera espacio a una posibilidad real, concreta, a una fe, a una apuesta aún posible en favor de la trascendencia? Se encontraba, como diría Paul Auster, ante esa instancia crucial en la que el mundo (su mundo, su ideal) estaba en su cabeza, y su cuerpo, biológica, fatalmente en el mundo. Ya no era ni volvería a ser el mismo. Comenzaba a ser Fernando García Curten.
Durante los años de la transformación, recorrió un tiempo más el mercado plástico: expuso en Los Angeles, California, Illionis, Houston, Texas, Washington, Barcelona, Madrid, Mallorca, Buenos Aires, otros puntos de la Argentina. Sus obras se fueron desperdigando en colecciones públicas y privadas de España, Brasil, Nicaragua, Italia, Venezuela, México, Bélgica y Estados Unidos. Obtuvo becas, primeros premios, menciones honoríficas; conoció el reconocimiento. Sin embargo, en 1977 dejó de participar en certámenes y, en 1990, de exponer, de vender sus cuadros y esculturas. En adelante, dejaría la vida en lograr que el arte, “el medio más antiguo y sagrado de comunicación”, volviera a ser “algo que permita compartir y no, como pretende la civilización moderna, meramente competir”. Había alcanzado aquel punto tan bien descrito por Meister Eckhardt: “Era lo que quería y quería lo que era”.

La casa

Se recluyó en su casa natal heredada y, tras duros años de subsistencia, a punto de emigrar definitivamente a España, el municipio de su ciudad le ofreció un convenio por el cual, si aceptaba, su casa pasaría a ser Casa Museo, con entrada gratuita y atención personalizada del propio artista. Continuaría a la vez funcionando allí el Taller de las Artes, dirigido desde hace ya 30 años por Susana Tosso, en el que chicos y adolescentes, en general sin recursos, son becados e instruidos en danza, apreciación musical, literatura y plástica. García Curten aceptó la propuesta y acentuó el compromiso: en un hecho sólo comparable con el del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, legó buena parte de su obra a la comunidad de San Pedro.
“No lo hago por generosidad —explica— sino por justicia. El arte, que es la cultura más el alma, existió en toda la historia del hombre para reparar su realidad destruida por el miedo a la muerte. El artista busca meterse en la esencia de nuestra condición para, de algún modo, reparar esa realidad destruida, sublimándola y recreándola en un plano más alto. Y aquí lo importante: este mecanismo no sólo se da en el creador sino también en quien contempla la obra. Cuando es auténtico, el artista sabe bien que esa obra que surgió de sus manos no le pertenece. Sabe que está trabajando en nombre de todos. Sabe que es sólo un representante de su época y de su tierra. Por eso, y en contra de lo que dice el mercado del arte, la obra debe volver a la gente. De la gente nació y a la gente debe volver.”
La Casa Museo fue oficialmente inaugurada, hace ya 13 años, el 15 de mayo de 1993. Desde su apertura, la han visitado silenciosa y sostenidamente más de 130 mil personas del país y del extranjero, muchas de las cuales aún hoy repiten la visita hasta cinco o seis veces llevando incluso a nuevas personas. Declarada en dos ocasiones de Interés Cultural y Educativo por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires , la Casa Museo está sin embargo en riesgo: las esculturas se encuentran bajo un precario techo de maderas, chapas y goteras que, sin deliberación estética, en poco contrasta con los trabajos que, a duras penas, resguarda. Un factor climático es una —y sólo una— de las causas: más acentuadamente que en otros tiempos, San Pedro padece con frecuencia inédita lluvia con piedras. El destrozo en los techos, en las membranas, es contundente; en la Casa Museo, excede el daño material y pone en riesgo la preservación de 35 esculturas, 800 cuadros y más de 5 mil dibujos. El problema tampoco es nuevo: se cuenta en años y revela inequívocamente la negligencia de las autoridades competentes. Sin embargo, la Casa Museo —y mucho, demasiado hacen sus habitantes para lograrlo— sigue hoy, tras más de una década, en pie.

Basura y tiempo

Considerado uno de los grandes maestros del arte del desecho del siglo XX, comparado con Ensor, Giacometti y otros, García Curten elabora sus obras con lo que, en su notable ensayo sobre el escultor, Abelardo Castillo denominó “materiales robados a la muerte”: trozos de sillas rotas, juguetes viejos, palos, ramas, huesos, redes, sogas, trapos, clavos, alambres, nudos, física en descomposición y, en especial, tiempo: como los japoneses de la antigüedad, García Curten intenta y logra apropiarse del tiempo como material artístico. En pocas realizaciones del arte contemporáneo puede hallarse una deliberación tan extrema por imprimir a las obras la pátina del tiempo, la roña inimitable, el deterioro, la oxidación real, el envejecimiento como material estético que, en términos conceptuales, en el complejo campo de la semántica de la imagen, expresa con inigualable fuerza el esplendor sin brillo de una civilización cansada, casi vencida por su propia historia y por su impotencia interior para vencer espiritualmente su lucha contra lo material. Pocas expresiones sintetizan tan cabalmente el hoy —en términos materiales, filosóficos y formales— como las de García Curten. Su arte no formula: como quería José Donoso, encarna. No señala, no describe, no postula: es. A diferencia de muchos otros artistas que sin más remedio eligen un trazo en particular, un lenguaje específico por una fatalidad física que los condiciona o limita (la aptitud, el contexto, sus posibilidades innatas y materiales), García Curten se siente de algún modo elegido por el desecho, incrustado en él por la vida, como si algo, tal vez la época, lo hubiera empujado a rechazar la anacrónica fidelidad del mármol, la nobleza del grafito o del papel Conqueror para alcanzar sólo desde el desecho, por fatalidad espiritual, su personalísima e incomparable impronta: técnicamente brillante —pocos artistas plásticos ostentan rigor y excelencia como los suyos en las tres facetas de dibujante, pintor y escultor—, García Curten ha alcanzado un punto en el cual, trascendida la técnica, puede concentrar ya su atención más en los alcances de la expresividad que en las formas de la expresión. La expresión es gesto, acto, la obra en sí, lo que se materializa, lo que se hace objeto y finito; la expresividad en cambio es el carácter, el espíritu, la vida, lo metafísico, lo que excede y trasciende a la obra, lo que ésta, y ya no el artista, comienza a expresar por sí sola, independiente y autónomamente más allá del hombre que la produjo. Si la expresión es entonces lo que se materializa y se hace objeto, la expresividad en cambio es lo que, desde los límites de lo material, se espiritualiza y se vuelve infinitamente vital. Las muchas notas y reseñas que celebran su obra lo confirman. En ellas la ausencia de comentarios específicos sobre su destreza plástica son sin duda el mejor elogio que recibió en años: ya Ovidio decía que el arte consiste en que no se lo perciba. Al ver sus obras, el espectador recibe un golpe estético sin costuras, sin tramas. La mano del creador no está. Lo técnico es, como en pocas obras, sólo el medio de comunicación: García Curten se sirve de lo material para representar lo espiritual, plasma en lo finito la expresión de lo infinito, presenta lo muerto para ahondar lo vivo y con los materiales con los que otros fabricaron objetos útiles que han dejado de serlo, él crea, ofrece imágenes benéficamente inútiles. Cree en la inutilidad de la obra artística, en su incapacidad de ser práctica, pero a la vez en la gran utilidad de ésta para mejorar la vida y al hombre. Sostiene incluso que la valiosa inutilidad del arte, aquello que le da valor y no meramente precio, reside en su esencia, la cual, por mucho que alguien haya pagado por un cuadro, lo priva de poseerlo. Fernando Pessoa lo avala una vez más: “Poseer es perder —escribió el portugués—; sentir sin poseer es guardar  porque es extraer la esencia de algo”. Arte, entonces, como todo aquello que nos deleita sin que sea nuestro, sin que, por mucho que lo paguemos, pueda ser nuestro.

Sin Dios ni Poder

Es por eso, siempre según García Curten, que el arte no sólo no conoce el poder sino que incluso lo niega. Es anárquico o no es. Expresa el anarquismo esencial de la vida, que no denota, como muchos pretenden, la ausencia de poder sino la presencia de éste en iguales proporciones para todos y, entonces sí, más elípticamente, la ausencia total de lo que se mal llama poder, en rigor un verbo, el inicio de un larguísimo repertorio de familias verbales: poder comer, poder leer, poder estudiar, poder viajar, poder bailar, amar, poder ser. Nadie innatamente, por condición humana, está privado de ese verbo ni de su repertorio de familias verbales, lo cual inequívocamente significa: no existe el poder como sustantivo. “El anarquismo —que muchos confunden con un fenómeno de bombas que no cayeron precisamente sobre Nagasaki, Hiroshima, Bosnia, Somalia, Afganistán, Irak ni sobre ningún otro territorio ‘beneficiado’ por las ‘tareas humanitarias’ de la OTAN— niega a cada momento esa nefasta trampa verbal que unos pocos, hace ya muchos siglos, han adulterado en sustantivo para someternos más. El arte, cuando es auténtico, desnuda esta realidad, denuncia esta trampa.” Las obras de García Curten también.
Humilladas, mutiladas, vitalmente agonizantes, cercanas como el hombre moderno a lo devastado, sus figuras no obstante aún pueden. Todas pueden: El ciclista de Hiroshima aún escapa: rechaza el horror, no cede a él, lo denuncia desde su pedalear. El Cristo para armar aún agoniza, literalmente aún lucha, como señala Castillo (basta ver la tensión vital de sus manos), no cede a la crueldad, al egoísmo, a la injusticia, a la impiedad y, desde su crucifixión, denuncia una a una esas brutalidades. La silla de Van Gogh funde admirablemente en un mismo bloque al pintor y su obra y habla, aún habla y señala que un hombre es y continuará siendo sus actos, condenado a parecerse más y más a lo que, por omisión o acto, va volcando sobre el mundo. Todas sus figuras pueden. Todas postulan: cambiemos el mundo.
“Sé que no pertenezco al admirado círculo de los grandes artistas que logran en su obra la pura, la serena belleza; los que, digamos, en ‘cósmicas armonías’son algo así como la prolongación de Dios en la Tierra. No. Tampoco pertenezco al círculo de los que con infinita bondad purifican los espacios… Por fortuna y por desgracia, pertenezco a la desventurada y querida especie humana y estoy metido en su enajenación y en su desdicha. Esa especie que ha producido unos pocos santos y demasiados torturadores, asesinos, fabricantes de armas, de hambre, destructores de la tierra y traidores del destino humano. Siento esa culpa y con basura y piedad construyo mi obra, concibiendo el arte (y la vida) como un pesado esfuerzo para evitar el desastre, como una manera de asumir el caos existencial, mostrarlo en dolorosa confesión y, a partir de ahí, encontrar tal vez, si existiera, la punta de una esperanza; incluso, la salvación.”
“Ateo gracias a Dios”, como sugirió Buñuel, García Curten pertenece a esa rara especie de no creyentes profundamente religiosos e, incluso, más valientes que los llamados creyentes: el ateo tiene fe, a veces extrema, en la inexistencia de Dios, para lo cual es necesario, ante todo, coraje y una gran creencia en las posibilidades del hombre real. Mirado desde esa perspectiva, creer en Dios se reduciría incluso a un escape, a un desviar la mirada, a un negarse a los problemas que, como especie, el hombre debería enfrentar sin recurrir a la haraganería intelectual y práctica del Si Dios quiere. Y algo fundamental: García Curten se declara ateo. Todo el tiempo lo remarca. Eso lo vuelve conmovedoramente místico: “Dios ha muerto, dijo Nietzsche, y muchos se lo han creído —explica—. Sin embargo, el gran problema del hombre sigue siendo Dios, exista o no, y a raíz de no asumir esta realidad, se hace día a día más evidente la pérdida de idea futura o de permanencia, de ese más allá que impregnaba nuestras culturas y en el que siempre se pensó en otro tiempo. Yo me considero ateo pero estoy seguro de vivir de una manera religiosa: quiero encontrarle un sentido a la existencia del hombre. Me niego a aceptar que todo se reduzca a un hoy en el que lo único que importa es disfrutar de ciertos lujos o morir de hambre, según sea la suerte que se haya tenido de nacer en una u otra situación”.
Aun a riesgo de que muchos vean una mistificación en las siguientes palabras, me es necesario escribirlo: García Curten busca con su vida mejorar la vida, se entrega a su época y no a su mero tiempo individual, su existencia le preocupa menos que la condición de la existencia y, con los años, va casi volatilizándose hasta dejar quizá un día el yo y encarnarse, generosa, humildemente, en un nosotros que confiera a su obra el cada vez menos frecuente valor mítico de las grandes expresiones. Como escribió Bill Moyers, “un mito es un mapa interior de la experiencia, dibujado por gente que ya lo ha recorrido.” Desde hace casi 15 años, todos caminamos un poco menos solos.

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