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Ventanas reflexivas a un pasado que alertan del futuro.

Sobre los dibujos de
Fernando García Curten

Por Diego Bagnera

Hechos sobre cartón o en papeles de las más inimaginables calidades, los dibujos de Fernando García Curten son ya un simbólico diario del mundo contemporáneo, rebeldemente aceptado por un hombre que se niega, una y otra vez, a maquillar en el arte lo que de inmediato, precario y doméstico tiene la vida. Como sus esculturas con desechos, sus dibujos están realizados con materiales ‘no homologados’ por el circuito de las subastas, las galerías y las más solemnes pinacotecas. Todo vale: desde las corrientes biromes Bic —lo que más usa— a fibras con alcohol, pasando por auténticas manchas de café, mugre o, incluso, el rastro que una brasa de tabaco deja al perforar accidentalmente un dibujo. La quemadura pasa, así, a ser admirablemente parte de una obra que otros habrían dado por perdida. García Curten acepta lo que llega a sus manos pero, desde su rebeldía, lo reelabora y, lo más importante, no cede a la tentación de hacer de eso un yeite: imposible encontrar esa misma perforación en otros trabajos.

Su mano, así, más que dibujar, tamiza. Destila un mundo que deja en tintes sobre el papel su huella, el testimonio de aquello que fue, es, está siendo desde la perspectiva única e irrepetible de un hombre como otros, fatalmente doméstico, pero preocupado como pocos por las condiciones de vida que observa. En sus dibujos conviven íconos de ayer y de hoy en una atmósfera dramáticamente absurda y familiar: cruces, macetas, girasoles, aviones, señalizaciones viales sin sentido, fusilamientos, pipas; pies, manos, dedos unidos no por articulaciones sino por clavos; pequeñas celdas de abeja numeradas, caballos que parecen perros, perros en cuerpos de caballos, ‘lamparitas Bacon’, sellos, caídas, humanoides, margaritas, tanques, fotos, huellas dactilares, insensatas letras sueltas, citas, armas nucleares, jinetes, recortes de periódico, escaleras, Casas Museos, soldados, tullidos, seres anónimos, raramente hombres, casi nunca mujeres. A veces, autorretratado, él mismo. Otras: Cristo, Goya, Van Gogh, y siempre, como una constante de su producción, miradas de infinita tristeza.

Magistralmente incomprensibles, sus dibujos se limitan a expresar la confusión general a la que él no contribuye explicándola. El sentido artístico de un escritor, decía Proust, se mide por su grado de sumisión a su realidad interior. La frase bien puede aplicarse a García Curten, quien a una exposición de orden lógico prefiere la expresión de un conflicto interno o de una tensión que no se resuelve y que siente incrustada en sí. En sus dibujos, el trazo es electrocardiograma y encefalograma a un tiempo: concentra en su delgada línea el punto en el que los desbordes de la emoción y el reposo reflexivo del pensamiento se sintetizan con talentosa visceralidad en la punta de una birome, un lápiz, un fósforo, un dedo manchado de tabaco. Para decirlo de una vez: su mano acata. Nunca manda. Acepta y plasma lo que va surgiendo, según llega, con auténtica honestidad, sin impaciencias ni ambiciones conceptuales de ningún tipo, sin anteponer la razón al instinto ni mucho menos convertir su arte en el de un surrealista profesional. Fernando García Curten privilegia en todo momento la tensión de dos fuerzas en pugna que, sólo juntas, sabe, pueden llevar en sí algo de verdad, la única al alcance de un hombre: la suya propia, ésa ante la que, según Proust, hay que inclinarse con humildad y expresar.

Los dibujos de Fernando García Curten —que se cuentan de a miles y abarcan más de 40 años de producción— son ventanas reflexivas hacia un pasado que alertan de un futuro, quizá, más grave, y rechazan, casi por filosofía, la nobleza del grafito o del papel Conqueror, como sus esculturas la anacrónica fidelidad del mármol, expresando así, al igual que éstas, el esplendor sin brillo de una civilización cansada, casi vencida por su propia historia y por su impotencia interior para vencer espiritualmente su lucha contra lo material. “Dibujar —escribió Van Gogh— es la acción de abrirse paso a través de un invisible muro de hierro que parece interponerse entre lo que se siente y lo que es posible realizar. Para atravesar ese muro, de nada sirve golpear fuertemente sobre él; para lograrlo se lo debe corroer lenta y pacientemente con una lima.” Heredero natural de esta impronta, Fernando García Curten va aún más lejos: corroe y vence ese invisible muro pero, a la vez, eleva esa acción puramente técnica al plano filosófico, dejando al desnudo, en su más feroz crudeza, un muro invisible que, en el mundo actual, se interpone también entre lo que sentimos y lo que nos es posible realizar.

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