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Fragmento de la disertación de F.G.C. en el Aula Magna de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata.

(…) Con respecto a mi trabajo en particular, reitero lo que ya dije hace un tiempo atrás, en un reportaje que me hicieron en España: (…) Sé que no pertenezco al admirado mundo de los grandes artistas que logran en sus obras la pura y serena belleza, los que en cósmicas armonías son algo así como la prolongación de Dios sobre el planeta, los que con infinita bondad purifican los espacios. Yo pertenezco a la desventurada y querida especie humana, y estoy metido inexorablemente en su enajenación y desdicha. Esa especie que ha producido unos pocos santos y demasiados torturadores y asesinos, fabricantes de armas y fabricantes de hambre, destructores de la madre tierra y traidores del destino humano. Siento esa culpa y, con basura y piedad, construyo mi obra, concibiendo el arte (y la vida) como un pesado esfuerzo para evitar el desastre final, como una manera de asumir el caos existencial, mostrarlo en dolorosa confesión y a partir de allí, encontrar la esperanza, tal vez la salvación. Esto lo dije para la revista española “Cuadernos hispanoamericanos” hace más de veinte años cuando se me preguntó cómo clasificaba yo a mi obra. Sólo agrego hoy (ante tanta frivolidad ambiente), que no quiero ser un artista emergente, ni un consagrado, ni tampoco famoso. Parafraseando a Melville digo que toda fama implica patrocinio, por tanto, déjenme ser infame.
Con respecto al arte en general sé que, mal que les pese a los mercaderes, el arte no es bien de consumo, ni un entretenimiento para aburridos, tampoco es un adorno que está instalado en la historia humana para otorgar beneficios económicos o de prestigio. Es al revés: su trascendencia milenaria reside en que nació necesario. Me refiero, por supuesto, al devenir creador, no al hecho creado. Las pinturas, las esculturas, los libros, las pirámides, son objetos efímeros. Sólo la creación permanece al lado del hombre.

(…) La creación artística, cuando es auténtica y veraz opone una feroz resistencia a la destrucción humana. Resistir pese a todo. Porque en esta etapa de la civilización, abrumados por chucherías tecnológicas que nos hacen perder capacidad para el uso responsable de la libertad (me asusta que haya más celulares que orejas), en este triste ámbito creado para el hombre de la multitud, donde caricaturas humanas conviven, pelean, se asocian para escalar estúpidos peldaños, se vuelven a pelear y vuelven a asociarse perdonándose cualquier sinvergüenzada, el hombre real no tiene espacio. Por aniquilamientos y exterminios, epidemias deliberadas, guerras y exclusiones, destrucciones ambientales, es lógico que busquemos amparo en certezas sociológicas, filosóficas, teológicas, etc., para poder entender u optar entre el bien y el mal. Sin embargo sólo la veracidad del arte nos presenta estas angustias en totalidad. Más allá de escuelas y movimientos, sólo el arte presenta todos los recovecos más profundos de la condición humana. No da soluciones pero, nos obliga, a nuevas preguntas. No nos hace felices, pero sí, más plenos. Nos desequilibra pero permite vernos.
Por no poder precisar qué es esta actividad creadora que me tocó ejercer, leo lo que dice Aldo Pellegrini: el artista es la antena de su tiempo, y a través de él, la humanidad entera se expresa, es decir pone afuera su presión interna. Ya no se expresa a sí mismo (como en las actitudes autoexpresivas) sino al hombre en sí mismo. A todos los hombres. O lo que me dice Enrique Pichón Rivière: (…) Los seres humanos siempre hicieron arte. Ya que de esa manera reparan su realidad destruida (lo que significa, miedo a la muerte) y lo recrean en un plano más sublime. Lo que, metafóricamente, me enseña Aldo Pellegrini y lo que, literalmente, dice Pichón Rivière significan la misma cosa: que nosotros los autores somos apenas representantes, agentes por donde se expresa la especie toda. Ésto debiera ser un ético llamado a la humildad, para poder decir que, aparte de “auténtico y veraz”, el artista debiera ser anónimo.
El arte expresa a la especie toda, decía, pero no ofrece soluciones explícitas. Pienso pretenciosamente en soluciones, pienso en la educación tal cual preveía Herbert Read, hace ochenta años, o Schiller, mucho antes, cuando las revoluciones industriales comenzaban a escindir al hombre. Ambos pensaban que casi toda la educación pública estaba deliberadamente concebida para dividir al hombre, exaltando su capacidad racional, anulando su capacidad emocional, ese espacio en el que acontecen el amor, la amistad, la comprensión, la piedad. Que esos sistemas educativos son responsables de esta crisis total, de esta delincuencia moral y de esta flagrante tendencia a librar guerras de exterminio.

(…) Es entonces el Arte la más desesperada búsqueda de comunicación, pero de la comunicación verdadera, la que va de alma a alma. Por tanto no pretendamos creación usando preservativos: nada nacerá allí. No hay certezas en el arte; y debemos ser corajudos y porfiados, pasionales y obsesivos, para reconocernos y hacer reconocer. Lo que el enajenado hombre contemporáneo ha olvidado ya lo sabían los pueblos “primitivos”. Picasso decía: (…) Aquellos seres que en la prehistoria construían esas máscaras o pintaban aquellas cavernas lo hacían con un fin sagrado; como una mediación entre ellos y esas fuerzas desconocidas que los rodeaban, para reparar sus miedos existenciales. Más allá del consumismo artístico, más allá de ferias y cotizaciones, el verdadero sentido del Arte debiera seguir siendo el mismo, tan sagrado como el rupestre.
Y por eso debemos seguir, insisto, en esta desesperada búsqueda de comunicación, sintiéndonos hermanos de aquel hombre de Altamira. Seguir, porque para bien o para mal, es lo único que nos queda.

La Plata, 13 de octubre de 2005.

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